martes, 3 de septiembre de 2013

El otro lado de las cosas

Primer semáforo, detengo mi coche y se me acerca cabizbajo el mismo viejo que ya estaba aquí antes incluso que los brotes verdes. Lleva años en el mismo semáforo, con lluvia o con un sol de injusticia, pidiendo por si a alguien le sobraran cinco céntimos, diez céntimos, o una manzana, o lo que sea... Sigo la marcha y apenas dos semáforos después, hay otro hombre de aspecto algo más desaliñado que se ofrece a limpiarte la luna; y aquí los coches se muestran incómodos, intentando sortearle o dejando un espacio para evitar que se acerque o acelerando brusco si al final se acerca. Pero el hombre insiste o más bien el hambre del hombre insiste sacando fuerzas del envés del alma. El mismo hambre que el viejo anterior, pero de aspecto más rumano. Como todo el mundo sabe hay rumanos, o sirios, o somalíes que vinieron a España a pasar hambre por encima de sus posibilidades. Y como todo el mundo sabe, los rumanos y los negritos pobres que aquí te ayudan a aparcar tu coche de decenas de miles de euros o venden bolsos de imitación a falsas millonarias. Sólo dan lástima si salen por la tele, a ser posible con moscas en la comisura de los labios, a ser posible en alta definición o esa nueva tecnología LED que resalta el brillo de las lágrimas. Aquí en la calle y en directo sólo consiguen afear el selecto paisaje de las avenidas. Incomodan a los cómodos porque al toparse con ellos no pueden cambiar de canal. Al semáforo siguiente, apenas cien metros después, no es uno, sino dos los que se acercan a ofrecerme pañuelos de papel a cambio de la voluntad. En este caso parecen padre e hijo. El chaval, que apenas tendrá doce años, lleva el pantalón sujeto con una cuerda y va descalzo. Yo a su edad soñaba con ser maestro. http://www.youtube.com/watch?v=5kT_59LPisQ

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