jueves, 11 de diciembre de 2014
jueves, 20 de marzo de 2014
Her
Gente que camina atenta al móvil. Gente que teclea y sonríe y camina. Gente que se choca por andar pendiente del móvil. Gente que tropieza, se hace sangre, y cuelga la brecha en Instagram.
Gente que escribe y que lee más que nunca.
Mensajes cortos vía Whatsapp, actualizaciones en el muro de Facebook.
Gente que envía emoticonos cuando las palabras no bastan o no se ven capaces de encontrar la palabra apropiada. Berenjenas, un mono con los ojos tapados, un anillo, un puño.
Gente que comparte vídeos. Gente que se mete en el cuarto de baño de la oficina para ver el vídeo que le envió Paco el de contabilidad.
Atrocidades, accidentes, parodias, parafilias. O gente más soft compartiendo vídeos de gatitos y de bebés que cantan.
Gente seleccionada en grupos. Grupo “Hermanos”, grupo “Curro”, grupo “Amigos curro”, grupos que comparten chistes.
Miles y miles de gigas de información dedicada al entretenimiento para pasar el rato. Para los tiempos muertos. Para los trayectos en autobús, en los semáforos. O en los anuncios de la tele. O mientras se dora la pizza. O en el baño. O en un funeral. O cuando ella duerme.
Gente que consulta su venérea en Google. Gente que confía en cambiar el mundo desde un sofá. Gente que siente el poder en sus pulgares. Gente cool, gente in, gente móvil.
Ingente gente inmóvil.
domingo, 9 de marzo de 2014
sábado, 8 de marzo de 2014
Soplapollas
En cierto modo tú tampoco tienes la culpa de ser un soplapollas.
Tal vez te mimaran demasiado de pequeño, y tú te dejaras mimar más de la cuenta. Uno nunca sabe cuánto dura el proceso de cocción de la personalidad.
No es fácil saber separar la madurez del cariño, máxime cuando has vivido siempre protegido por los tuyos y nunca te faltó de nada.
Tampoco tienes la culpa de la fortuna que amasó tu padre invirtiendo en paquetes de acciones de riesgo. Siempre tuvo buen ojo con los mercados al alza: venta de armas a las FARC, trata de blancas en los países del Este, cualquier cosa con tal de que nunca le falte de nada a su niñito querido. ¿De dónde crees que salió ese Golf GTI con todos los extras que te compró como premio por sacarte el carnet?
Tú no tienes la culpa de haber nacido en un entorno donde todos viven bien o muy bien, colocados o heredados o aumentando su curriculum en Boston.
Tú no tienes la culpa de ser nieto de condes y marqueses. Tus abuelos te querían mucho. Y eso es lo que queda.
Por eso no te estoy culpando por lo que hiciste.
No te culpo de tus aires altivos entrando por la puerta del bar pidiendo que quitaran “esa emisora de rojos” y añadieras que “habría que fusilarlos a todos esos sociatas, por vagos”, porque tú no eres de izquierdas ni de lejos, tampoco nadie de tu entorno, y por muy vago que fueras jamás te faltaría sustento, y casaza en Baqueira, y cuentecita en Suiza para ir tirando.
Así que en lugar de indignarme te miré con lástima. Te miré como quien mira a un niño grande de treinta y tantos, limitado en sus formas y en su juicio, que no tuvo la culpa de haberse convertido en un perfecto soplapollas.
Sentí pena por ti.
Lo cual quiere decir que empaticé contigo.
Fracaso evolutivo
No creo en eso que llaman disciplina militar, eso de “la letra con sangre entra”, sólo sirve de muro de contención para los traumas.
A un niño hay que educarle en la pasión por las cosas, en el ansia innata por descubrir y llenar el coco de conocimientos prácticos y útiles.
Hay que hacerle comprender que las matemáticas molan, que las ciencias molan, que la historia mola, en lugar de darle un sopapo cada vez que levanta la vista de un libro que memoriza como un papagayo, o castigarle sin postre si saca un 4,8 en Conocimiento del Medio.
Unos padres que sólo se preocupan por las notas de sus hijos en vista a su futuro económico, un Sistema que equipara la palabra “triunfar” con ganar dinero, sólo puede crear monstruos, egoísmo.
Y esos padres, y esos ideólogos de la nueva educación creerán que lo hace bien, pero habrán contribuido destruir un mundo ya de por sí jodido.
Quiero entender que la esencia humana no es eso. Quiero creer que la vida significa evolución.
La vida es aprender, descubrir, aportar. La vida es Shakespeare, Da Vinci, Volta, Freud, Pasteur.
Fracaso evolutivo, sin embargo, es toda la lista Forbes, y algo me dice que estamos educando a nuestros hijos en esa precisa dirección: en el sueño de conseguir amasar grandes fortunas sin importar cómo. Deshumanizados. Desprovistos de alma.
No me cambio por nadie, y mis hijos serán lo que ellos quieran. Tan solo procuraré que crezcan con los ojos y los poros bien abiertos. Sensibles, ante todo. Y felices. A pesar del mundo que nos tocó vivir.
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