sábado, 8 de marzo de 2014
Soplapollas
En cierto modo tú tampoco tienes la culpa de ser un soplapollas.
Tal vez te mimaran demasiado de pequeño, y tú te dejaras mimar más de la cuenta. Uno nunca sabe cuánto dura el proceso de cocción de la personalidad.
No es fácil saber separar la madurez del cariño, máxime cuando has vivido siempre protegido por los tuyos y nunca te faltó de nada.
Tampoco tienes la culpa de la fortuna que amasó tu padre invirtiendo en paquetes de acciones de riesgo. Siempre tuvo buen ojo con los mercados al alza: venta de armas a las FARC, trata de blancas en los países del Este, cualquier cosa con tal de que nunca le falte de nada a su niñito querido. ¿De dónde crees que salió ese Golf GTI con todos los extras que te compró como premio por sacarte el carnet?
Tú no tienes la culpa de haber nacido en un entorno donde todos viven bien o muy bien, colocados o heredados o aumentando su curriculum en Boston.
Tú no tienes la culpa de ser nieto de condes y marqueses. Tus abuelos te querían mucho. Y eso es lo que queda.
Por eso no te estoy culpando por lo que hiciste.
No te culpo de tus aires altivos entrando por la puerta del bar pidiendo que quitaran “esa emisora de rojos” y añadieras que “habría que fusilarlos a todos esos sociatas, por vagos”, porque tú no eres de izquierdas ni de lejos, tampoco nadie de tu entorno, y por muy vago que fueras jamás te faltaría sustento, y casaza en Baqueira, y cuentecita en Suiza para ir tirando.
Así que en lugar de indignarme te miré con lástima. Te miré como quien mira a un niño grande de treinta y tantos, limitado en sus formas y en su juicio, que no tuvo la culpa de haberse convertido en un perfecto soplapollas.
Sentí pena por ti.
Lo cual quiere decir que empaticé contigo.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario