lunes, 18 de noviembre de 2013
Basura
Es posible acostumbrarse a cualquier cosa. Incluso a la basura en Madrid.
Detrás de ese contenedor quemado, detrás de esa piel de plátano, detrás de esa lechuga deshojada que yace en el suelo, hay una lucha. Un motivo. Un deseo de cambio.
Raspas de sardinas, bricks de leche, gatos callejeros pidiendo la baja por ansiedad. Pero me llamó la atención la imagen de uno de esos toros que adornan la tele del salón. Alguien acabaría tirándolo tras comprarse una tele más plana. Junto al toro, había una enorme caja de cartón de una tele de 42 pulgadas. Y una bolsa de patatas chips vacía. Y el esqueleto de un perfume. Y un cojín rojo con manchas blancas.
Resulta desolador ver las sobras putrefactas de nuestro Estado de Bienestar esparcidas por la acera, como un museo al aire libre de todo cuanto fuimos por dentro. Los insaciables acumuladores de basura buscaron nuestros límites, pero el último peldaño se plantó y al final ganaron los buenos.
Sacar las vergüenzas a la calle y esperar a que fermenten: esa es la clave del éxito.
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