jueves, 11 de julio de 2013

Nunca entendí los tatuajes. Tampoco las vasectomías. Siempre fui demasiado cambiante, siempre he dudado de todo y cualquier gesto irreversible o de difícil marcha atrás me ahogaba en un mar de dudas: ¿Y si me hago un tatuaje y al día siguiente o al mes siguiente o al lustro siguiente ya no lo quiero? ¿Y si el Peter Pan que habita en mí se vuelve alérgico al polvo mágico de Campanilla, y en lugar de volar estornudo? ¿Y si acabo por darme cuenta que sentar la cabeza reduce el riesgo de lesión cervical? ¿Y si dejo de pensar que este mundo cruel y despiadado no merece descendencia y empiezo a crear un mundo nuevo que proteja a mis futuros hijos, y a los hijos de mis hijos? Has llegado de nuevo y empiezo a querer ser yo mismo cada día, querer quererte a años luz de esa suma de dudas que antes era.

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